Sobre la insoportable decisión de colgar las zapatillas, botines o botas

Atletismo

Gebrselassie, durante una prueba. (Foto: AP)

Gebrselassie, durante una prueba. (Foto: AP)
“Pero vaya usted a saber, todavía puede cambiar de opinión. Según un ritual próximo al de las despedidas en el music-hall, las estrellas de la carrera pedestre poseen una tremenda desenvoltura para alternar las declaraciones definitivas, trágicas, con la reanudación repentina del entrenamiento e incluso la realización de nuevas marcas”.
En una de las páginas de su libro sobre Emil Zátopek, Correr, el escritor francés Jean Echenoz realiza la reflexión anterior a la vista de las noticias contradictorias que se sucedieron en su día en torno a una posible retirada del genial atleta checoslovaco.
Hasta la fecha, Emil Zátopek y Haile Gebrselassie tenían en común el dominio absoluto en dispares distancias atléticas y su empeño en acumular plusmarcas mundiales: el checo consiguió 18 y el etíope ha cosechado 15 a lo largo de su carrera.
Sin embargo, según parece, a la vista de lo ocurrido en el reciente maratón de Nueva York, puede que ahora compartan una cosa más: la rumorología y la incertidumbre que se adosaron al checoslovaco en sus últimos años también van camino de convertirse en los compañeros de viaje del etíope de aquí hasta la disputa de los Juegos Olímpicos de Londres, en 2012.
Haile Gebrselassie había afirmado en una entrevista que su preparación de cara a la prueba olímpica discurría por buen camino. Eso ocurrió apenas dos días antes de la cita neoyorquina, en la que el etíope se vio obligado a abandonar cuando había disputado 25 kilómetros debido a unas molestias por una tendinitis en una de sus rodillas.
Inmediatamente, el plusmarquista del maratón dio un giro a su discurso: “Nunca había pensado en la retirada, pero éste es el día”. Nadie esperaba un anuncio de este tipo, de modo que los aficionados al atletismo no terminan de asimilar esta despedida a bocajarro.
“El anuncio se ha producido de una forma precipitada, como respuesta a una de las primeras frustraciones en la impecable carrera de este atleta”, nos dice Tomás Vich, miembro del Grupo de Psicología del Deporte del COPM, corredor aficionado de maratones y autor del libro ‘A momentos malos, pensamientos positivos’, sobre el arte de recorrer los 42,195 kilómetros.
“Es una decisión muy impulsiva, por lo que no es muy descabellado pensar que se lo vaya a plantear de nuevo. Esta decisión debe tomarse en función de la marcha de los entrenamientos y de las metas que uno se fija día a día, y no como respuesta inmediata a una frustración. Aún quedan un par de años hasta 2012 y Gebre aún tiene una edad razonable para participar en la prueba -tiene 37 años-, de modo que hay tiempo para recuperarse de las lesiones y tomar una decisión concluyente alejado de la presión”, continúa.
Sin embargo, debajo de las palabras del etíope se esconde un profundo dilema: ¿cuál es el momento adecuado en el que un deportista exitoso debe despedirse? Debe ser difícil ver cómo se asoma el declive de una trayectoria incontestable, ser testigo en primera línea de cómo las fuerzas comienzan a flaquear y un atajo de jóvenes se aprestan a tomar el relevo.
“Llega el día en que Babe Ruth deja de ser Babe Ruth, en que Joe Louis es noqueado por un italiano fabricante de salchichas, en que John Barrymore no puede recitar el monólogo de Hamlet. Llega un día en que estás terminado, en que los años te dejan K.O.”, reconocía Ferdie Pacheco, un médico del entorno de Muhammad Ali que dejó su cargo voluntariamente en 1977 y recomendó la retirada del boxeador antes de sus amargos últimos años, aunque nadie le hizo caso.
“Desde luego, no me gustaría ver a Gebre arrastrándose sobre un circuito, corriendo sin esa alegría que le caracteriza”, nos dice Tomás Vich ante la perspectiva de una continuidad agridulce para el atleta etíope.
Hay ejemplos de todo tipo: deportistas que colgaron las botas en un momento próspero (Zidane es un buen ejemplo), que volvieron a primera línea con éxito tras una retirada (como Foreman), que decidieron retomar su carrera con pésimo resultado (Mohammed Ali perdió sus dos combates tras su regreso, uno de ellos ante quien había sido su sparring, Larry Holmes) y que se exprimieron hasta el final como el propio Emil Zátopek, dejando una imagen muy alejada a la superioridad que sembraron en su época gloriosa.
“Aunque intenta seguir corriendo regularmente, Emil no cesa de perder terreno y sólo ofrece ya el espectáculo de una zancada rota, mal escuadrada, inconexa, y pasa a ser un autómata lívido y desarticulado, cuyos ojos se hunden y se orlan de surcos cada vez más profundos. Ha arrojado la gorra, que, bajo el horroroso sol, comenzaba a pesarle como un yelmo”.
Éstas son las palabras de Echenoz sobre el último gran reto emprendido por Zátopek: la prueba de maratón en los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956. Finalmente, en esta prueba, el fondista checoslovaco ocupó la sexta plaza y finalizó con la cabeza hundida sobre la hierba amarillenta, llorando y vomitando, según lo describe Echenoz.
Ahora son muchas las voces que exigen a Gebrselassie que continúe hasta la disputa de los Juegos Olímpicos de Londres. Por ejemplo, según publicaba ayer The New York Times, son muchos los atletas, la gente del deporte y los admiradores que ansían la continuidad del atleta.
También el representante del atleta en España, Miguel Ángel Mostaza, ha mostrado su deseo de que Haile Gebrselassie se vuelva a calzar las botas de correr: “Estamos tratando de convencerle para que se retire en una competición digna de su categoría, como los Juegos Olímpicos de Londres. Tratamos de ayudarle a que pueda ver cumplido su sueño, que es ser campeón olímpico de maratón, o al menos estar en el podio de Londres”.
En todo caso, y aunque es innumerable la lista de aficionados a quienes gustaría ver a Gebre en los próximos Juegos Olímpicos (sobre todo tras su ausencia en Pekín a causa de sus problemas respiratorios), hay que respetar su decisión. “No es bueno que se le presione a nivel personal”, reconoce Tomás Vich.
Y es que, en estos caso, siempre hay que plantearse aquel dilema al que se veía sometido Eddie Willis, periodista deportivo que protagoniza Más dura será la caída, la obra de Budd Schelberg sobre la vida teledirigida de un boxeador: “Y yo pensé: aquí estamos todos planificando su carrera, organizándole la vida, llevándole a California, enfrentándole a Coombs, rodeándole de representantes, preparadores, amañadores, agentes de prensa, y todo esto sin consultarle ni siquiera una sola vez. Yo podía inducir al pueblo americano a que le amara, le odiara, le respetara, le temiera, se riera de él o le subiera a los altares, y en realidad no había hablado con él nunca. ¿Cuáles eran sus preferencias, sus sentimientos, sus ambiciones, sus aspiraciones más íntimas? ¿Quién podía saberlo? ¿A quién le importaba?”. Sea cual sea su decisión, lo importante tal vez sea que Gebre nunca pierda su estilo amable y esa eterna sonrisa en carrera.

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