Marta, un año después

Tras cumplir con las labores de madre, se entrenó 15 kilómetros en zona abierta

Sé qué día es, pero da igual, soy de las personas que miran el presente y el futuro”
El martes será senadora

La plaza donde confluyen las calles de Valdivia y Alvarado estaba casi desierta antes de mediodía. La niebla que terminaba de levantarse había ahuyentado a los niños del parque. A cuentagotas los ciudadanos la atravesaban en sus quehaceres diarios y sólo se veía ajetreo en el taller del fondo, donde cuatro hombres con la piel curtida por el frío castellano sacaban unos trastos. Cuando Marta Domínguez, en torno a las 10.00 horas abrió las persianas, no había, más allá de lo que indica uno de los calendarios caseros, analogía alguna con el 9 de diciembre de 2010. Desayunó, le dio el biberón a Javier, el crío que va a cumplir seis meses, le bañaron y para la una salió a entrenarse.
“Les dije que muy bien, que podían buscar donde quisieran y se quedaran el tiempo que fuera necesario, pero yo me tenía que ir. Me dijeron que no, que era preferible que estuviera”
Esa puerta blanca también se abrió hace un año al sonido del timbre. Diego Bercianos, su marido, giró el pomo y, como si lo hubiera hecho cancerbero, la vida de Marta entró en un infierno. “Se presentó la Guardia Civil y dijeron que venían buscando dinero y productos dopantes”, relata. “Yo les dije que muy bien, que podían buscar donde quisieran, pero que tenía una amniocentesis programada en Valladolid y que me tenía que marchar. Que se quedaran el tiempo que fuera necesario. Me dijeron que no, que era preferible que estuviera. Y la aplacé para el día siguiente”.
Marta es dura. Cuenta el episodio sin dramatismos. Cuando se ha despertado esta mañana tampoco ha cambiado el rictus por la efeméride. “Sabía el día que era, porque ayer fue día 8, pero no le he dado ninguna importancia. Soy de las personas que viven el presente y el futuro. Que no miran al pasado”, apunta.
El día que la Guardia Civil registró su domicilio
Su entrenamiento hoy ha consistido en 15 kilómetros, “dos horas, más o menos” con el Ipod como único compañero. Se ha acercado al Centro de la Juventud en su Mini, todo de negro, con una doble capa en la parte superior y mallas -hace frío, tres grados-, lo ha aparcado, ha saludado a un trabajador por la ventana y a las 13.20 ha iniciado el rodaje. “Sólo una sesión, aún no estoy para doblar”, revela. Irónicamente, a esa misma hora el año pasado finalizaba el registro de su casa.
Allí, delante de todas las cámaras -“estaba la plaza llena de periodistas a los que no sé quién avisaría si era secreto del sumario”, ironiza- la Guardia Civil registró su domicilio durante tres horas y media. “Es grande y por eso estuvieron tanto tiempo”, recuerda. De él se llevaron un ordenador, un macbook, un pendrive, archivadores, libretas, un libro de la 121ª sesión del COI, dos formularios de localización de la WADA, fármacos de uso cotidiano, productos naturales como hierro o zinc y algún complejo vitamínico, todo metido en ocho bolsas. Ni EPO, ni nada de lo que se cuchicheó en los medios.
La mejor atleta española de todos los tiempos también tuvo que acudir a la comandancia de la Guardia Civil. “La gente habla de que estuve ocho horas, pero muchas son de papeleo”, aclara. Entre la burocracia figuraron trámites como detallar de qué marca era la batería de su teléfono móvil y el número de serie de la tarjeta sim, por ejemplo.

Comienza la pesadilla y es llevada a declarar

Hasta que la Guardia Civil franqueó esa puerta, la palentina era la reina de España. Iba de gala en gala recogiendo premios, un aspecto gratificante, pero algo engorroso para ella, anclada a una rutina sistemática que todavía conserva. “Es que los atletas llevamos una vida muy aburrida: entrenamos, comemos casi siempre lo mismo, principalmente hidratos de carbono, que son nuestra gasolina, y dormimos. Ahora, evidentemente, con mi hijo ya no es así, pero hasta que nació él dormía 10 horas por la noche y dos de siesta”.
Especialmente tedioso resulta su esquema: no probó el alcohol ni el día de su boda y el chocolate, su único vicio, está totalmente prohibido cuando la competición está cerca.
Sin abogado, en calidad de testigo respondió durante dos horas y 45 minutos a 28 preguntas tan diversas como los apodos por los que era conocida
En las dependencias policiales aquel jueves de diciembre pasado, Marta declaró en dos tandas. Primero, sin abogado, en calidad de testigo respondió durante dos horas y 45 minutos a 28 preguntas tan diversas como los apodos por los que era conocida -la rubia, la gacela del Carrión o la chica de la cinta rosa, fueron sus respuestas-, si era una atleta de 3.000 obstáculos o si había tenido relación con Eufemiano Fuentes. El interrogatorio se interrumpió para la comida, “pero yo no comí. Los primeros meses del embarazo fueron complicados y me mareaba mucho después de los almuerzos. Me trajeron un poco de fruta, pero preferí no comer más hasta no llegar a casa”.
Marta pide que le acerquen el plumas porque en el módulo que lleva su nombre la humedad y el frío de la ciudad comienzan a notarse. La estructura acristalada que cobija una recta donde se entrena parte de la élite del atletismo de la ciudad lleva su nombre y una imagen de más de dos metros de su figura se alza en el vidrio de una puerta. “La Marta entra y sale aquí cada vez que tiene que entrenarse”, dice uno de los empleados, que no esconde la admiración por su paisana. Si no se ha puesto el abrigo antes ha sido por corresponder a Nike, su patrocinador. “Jamás dudó de mí y eso se lo agradeceré siempre”.
A las 19.30 del día de autos comenzó la segunda batería de preguntas ya con un letrado a su lado. Aún no era José Rodríguez, que luego ha llevado su defensa y que no fue contratado por la familia hasta días después. El abogado realizó cinco preguntas, los policías 15 más.Casi todas versaban sobre la relación con los otros agentes de su causa: José Alonso, Eduardo Polo, su liebre; Manuel Corral, el masajista; César Pérez, el entrenador. A las 21.00, fue puesta en libertad. “No recuerdo ni qué hora era”, matiza.
En libertad con tres causas que se quedaron en nada
Entre ambas fechas se encuentran la caída a los infiernos y la resurrección de un personaje que no entiende muy bien por qué la empujaron a aquella situación.
De aquellas dependencias, de forma discreta para burlar a la prensa, Marta salió con tres causas abiertas. Una por el tráfico de una sustancia denominada oro, que resultó ser oro, un producto natural, según los análisis de la Agencia del Medicamento y el Laboratorio de Madrid. Otra por el tratamiento a Polo, su liebre, que estaba lesionado, con iontoforesis, una técnica de curación a través de corrientes alternas con un corticoides y un anestésico, permitida por la Agencia Mundial Antidopaje. La tercera, por un presunto delito fiscal, que ha quedado en falta. Desde hace tres semanas, todas ellas están sobreseídas.
Su vida ha cambiado, no obstante. También sus prioridades. No arrebata un segundo fuera de su profesión -el martes será ya senadora, pero por encima de todo es atleta- a su hijo Javier, al que con tanto viaje esta semana (Madrid, Barcelona…) apenas ha podido ver. No acepta ni un café. Mañana tiene que volver a entrenarse, “por sensaciones, escuchando lo que dicta el cuerpo. Todavía me falta”, reconoce la atleta.
A veces le consulta algo a su amiga Nuria Fernández, que ya pasó por la fase de maternidad y volvió. “Pero me insiste en eso, en que escuche al cuerpo. Que no me precipite y que tenga mucha paciencia. Es que no hay escritos sobre esto. Nadie te dice qué hay que hacer a partir del sexto mes o el décimo. En eso soy un poco autodidacta”. Un volver a empezar. Para todos.
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